La pérdida de peso, cuando es necesaria, puede abordarse, entre otras
medidas, mediante una dieta de alimentación. Existe una multitud de dietas cuyo
objetivo es el de perder peso, generalmente de la forma más rápida posible.
Pero no todas las dietas son adecuadas para ese fin, ni todas están basadas en
criterios científicos. Para que una dieta sea efectiva y además no suponga un
riesgo para la salud debe cumplir una serie de requisitos. Las bebidas azucaradas y otros dulces también
contienen hidratos de carbono (azúcar), pero no son aconsejables en las dietas
para perder peso. Es muy importante que se mantenga este reparto
equilibrado de nutrientes aportados por los distintos grupos alimentarios, por
tanto debe existir una gran variedad de alimentos en una dieta planteada para
la pérdida de peso. Sin embargo muchas dietas propugnadas como
“milagrosas” se basan en una sola clase de alimentos durante una semana (dieta
del pomelo, del albaricoque, etc.), durante un tiempo o en la restricción de
grupos enteros de alimentos, como por ejemplo las dietas sin hidratos de
carbono o las dietas sólo basadas en proteínas o las dietas hipergrasas, que
son aquellas en las que se puede comer ilimitadamente tocino, bacón, alimentos
muy ricos en proteínas y grasas, como quesos curados, carnes, pescados grasos,
etc. Los inconvenientes de este tipo de dietas son,
como se ha mencionado anteriormente, el aporte desequilibrado e insuficiente de
nutrientes, lo cual a la larga conlleva a unos efectos muy similares a las
dietas excesivamente restrictivas. Ya que necesitamos un mínimo de hidratos de
carbono diarios, si éstos no los aportamos con la dieta, destruiremos nuestra
masa muscular para formar glucosa y alimentar así las células de nuestro
sistema nervioso central, glóbulos rojos, etc. Por otro lado si la dieta es excesivamente rica
en grasa puede producir un aumento de los cuerpos cetónicos en sangre
(acetona), lo que lleva a la deshidratación y otros trastornos metabólicos, que
en algún caso extremo han llevado a la muerte súbita por arritmia, mucho más si
se tiene algún factor de riesgo cardiovascular previo, lo que sucede con muchas
frecuencia en las personas que padecen obesidad. En otros casos las dietas excesivamente grasas
y que suprimen los alimentos hidrocarbonados y son poco abundantes en verduras
y frutas, pueden producir un aumento del colesterol y los triglicéridos en
sangre.
Por ejemplo, una mujer de 80 Kg. necesitaría aproximadamente de 1.600 a 1.800
calorías, dependiendo del ejercicio que realice. Si consume menos puede haber
deficiencias de proteínas, vitaminas o minerales que a la larga pueden causar
problemas médicos y una más rápida recuperación del peso perdido. Este último
aspecto es muy frecuente ya que las dietas excesivamente bajas en calorías
hacen perder proteínas musculares y bajan tanto la tasa metabólica que se
produce un efecto rebote.